Por. Liza Collado
En América Latina ha crecido entre los ciudadanos el síntoma del “demócrata insatisfecho” y nuestro país no escapa a ello, es un fenómeno bien conocido en muchas democracias establecidas que explica por qué algunas sociedades han dirigido su mirada hacia líderes populistas que se presentan como ajenos al poder tradicional y que prometen perspectivas innovadoras.
Para que la democracia crezca, se necesita trabajar sin descanso para que las instituciones democráticas –desde los legisladores hasta las autoridades locales– sean transparentes, den cuenta de sus acciones y desarrollen las habilidades y capacidades necesarias para desempeñar sus funciones fundamentales. Esto significa que hay que asegurar que el poder en todos los niveles de gobierno se estructure y distribuya de tal forma que dé voz y participación real a los excluidos y provea los mecanismos por los cuales los poderosos –sean líderes políticos, empresarios u otros actores– estén obligados a rendir cuenta de sus acciones.
Consolidar la democracia es un proceso, no un acto aislado. Hacer que las instituciones públicas se desempeñen efectivamente es sólo una parte del desafío. La otra es demostrar a ciudadanas y ciudadanos que los gobiernos democráticos trabajan en las cuestiones que verdaderamente preocupan a la gente, que son capaces de dar respuestas a la población y que estos están sujetos al efectivo control ciudadano cuando no cumplen.
Recientemente el espacio de pensamiento crítico, debate y reflexión política, Colokio RD, que dirige la compañera Esmeralda Bello, nos presentó en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra PUCMM al Dr. David Álvarez, un estudioso, que de forma brillante pudo explicar por qué la República Dominicana es una democracia en transición que inició en el año 1996 y aún se mantiene.
